A dos años de su muerte Néstor Kirchner llega a “mito nacional”


El aparato propagandístico del gobierno argentino ha creado una aureola legendaria para el ex presidente, con una biografía sesgada y con la proliferación de su nombre en calles, plazas y obras públicas de todo el país.
Hace exactamente dos años, los argentinos recibían una de las noticias más “shockeantes” en muchas décadas: inesperadamente moría Néstor Kirchner, a los 60 años de edad.

Si bien había sido sometido a dos operaciones de arterias, se lo veía recuperado y activo como siempre. Desoyendo a los médicos, unos días antes había viajado a Nueva York, para acompañar a su esposa Cristina, que participaba en la asamblea anual de las Naciones Unidas. Y lo cierto es que, al menos por la información que se dejaba trascender sobre su salud, nada hacía prever que se encontrara en riesgo inminente una crisis cardíaca.

De manera que la sorpresa fue mayúscula en aquel 27 de octubre, que era feriado porque se realizaba el censo nacional.La muerte de Kirchner fue de esas que cambian radicalmente el panorama político nacional. Primero, porque era el seguro candidato oficialista para las elecciones del año siguiente. Segundo, porque hasta ese momento se consideraba que el gobierno de Cristina era en realidad un “doble comando”, según la expresión creada por Eduardo Duhalde.

Lo que se percibía era que él tomaba las decisiones trascendentes en materia económica, mientras que ella asumía el rol más formal y ceremonial.Pero, sobre todo, la muerte de Kirchner inició una nueva etapa en la que afloró una militancia juvenil que mezcló la vieja mística de los años ’70 con los recursos comunicativos que permite la comunicación de la Internet 2.0. El velatorio de Kirchner en la Casa Rosada, con la afluencia de una multitud acongojada, dio nacimiento a una nueva base de sustento político para el kirchnerismo, que hasta ese entonces debía “pedir prestada” la militancia a la central sindical CGT cuando quería realizar actos masivos.

Nace una leyenda
Hace dos años, nacían dos hechos fundamentales para entender el presente de la Argentina. Uno de ellos fue el liderazgo de Cristina, que ya sin “doble comando” debía rendir examen sobre su capacidad para gobernar en solitario, y al mismo tiempo se liberaba de la sombra de su marido para poder liderar a la tropa peronista.El otro nacimiento fue el del mito de Néstor Kirchner.

Que a partir de ese entonces pasó a contar con características no exactamente iguales a las que tenía en vida. Líder carismático, peronista hasta la médula, paladín de los derechos humanos, opositor tenaz de las políticas neoliberales de los años 90, ideólogo de la unidad latinoamericana, defensor de la libertad de expresión contra el avance de los grandes multimedios…

Todo eso ha pasado a ser Kirchner para sus seguidores post-mortem. Poco importa que quienes lo conocieron de cerca en su carrera política como gobernador de Santa Cruz y en su llegada a la presidencia tengan un punto de vista totalmente divergente. Entonces, son descartados o minimizados datos irrefutables del pasado, como el hecho de que haya compartido actos con mandos militares durante la guerra de Malvinas, o que haya sido el alumno preferido de Domingo Cavallo en los ‘90 ni que haya mantenido un pacto con el grupo Clarín.La construcción del “mito Kirchner” ha sido uno de los principales logros de Cristina y su grupo de apoyo “La Cámpora”.

Fue hecho sobre la base de un incansable trabajo cotidiano que no escatima recursos militantes ni financieros.En el segundo aniversario de su muerte, habrá una multitud de actos recordatorios, programas de homenaje en radio y TV y apologías diversas.Es el complemento para una saga que comenzó prácticamente el día de su funeral.

Desde entonces, no ha parado de crecer la lista de lugares rebautizados con el nombre “Néstor Kirchner”, incluyendo plazas, calles, clubes, centros de estudios, estadios deportivos, parques industriales, locales de dependencias públicas y escuelas en todas las provincias del país.

Los dos torneos de fútbol de 2011, televisados gratuitamente por el canal público, llevaron su nombre.Y una de las obras públicas más ambiciosas que encara el gobierno, una represa hidroeléctrica en Santa Cruz (será inaugurada en 2018, tras una inversión de unos 4.500 millones de dólares) también será bautizada como el ex presidente.Cristina se ocupa de recordarlo casi a diario. No sólo por haber inaugurado un memorial anexo a la Casa Rosada, ni tampoco por vestir un permanente luto.

La mención es explícita en los discursos presidenciales, donde es aludido simplemente como “él”.A veces risueña al recordar anécdotas juveniles, otras veces emocionada y con la voz quebrada, Cristina no cesa de referirse a su difunto esposo, en cuyo nombre justifica el rumbo de su política. Tanto que, el día de su reasunción, alteró la fórmula tradicional del juramento y dijo: “Si así no lo hiciere, que Dios, la patria y él me lo demanden”.

Tan iguales, tan distintos
Lo irónico del caso es que Cristina tiene un estilo radicalmente diferente al de su esposo, tanto en el estilo personal como en la forma de conducción política. Y los analistas suelen destacar cómo cuanto más lo pondera, más se aleja de los preceptos que caracterizaron a su período presidencial 2003-2007.En lo personal, Kirchner era hiperactivo, famoso por llamar a los funcionarios a primera hora de la mañana, así fuera día hábil o feriado.

Siempre trataba de rehuirle a los compromisos formales, tales como inauguraciones de plantas industriales privadas, que lo aburrían.Tanto que en ocasiones caía en desplantes de ribetes diplomáticos, como el famoso plantón a Carly Fiorina, ex presidente de Hewlwtt-Packard y entonces considerada la mujer más poderosa del mundo, que se retiró ofuscada de la Casa Rosada tras una hora de “hacer pasillo”.

Cristina es lo opuesto: entiende y valora la posibilidad de capitalizar políticamente esos actos. Al punto que no se pierde ninguno, ni los del ámbito empresario ni las fotos con figuras del espectáculo o el deporte.A diferencia de Néstor, que tenía una oratoria pobre y deslucida, Cristina es elocuente y pronuncia discursos casi a diario, donde despliega su capacidad de desarrollar argumentos (memorizando decenas de cifras) y al mismo tiempo dejar traslucir sus sentimientos, al punto de quebrarse y llorar.Para los analistas, si hubiera que marcar una diferencia fundamental, es que Néstor era pragmático, y si bien podía ser duro en sus críticas era capaz de sentarse a negociar con los adversarios.

En cambio, Cristina tiene fama de rencorosa, es totalmente reacia al diálogo, y no sólo respecto de sus rivales políticos, sino hasta en la propia interna.Quienes lo conocían suelen recordar que Kirchner prefería acercarse a aquellos a los que temía, de manera de neutralizar su peligro y transformarlos en aliados. Los dos casos paradigmáticos fueron el multimedios Clarín y el líder sindical Hugo Moyano. Cristina, en cambio, entró en guerra abierta con ambos.Pero la diferencia más profunda trasciende a los estilos, y tiene que ver con las políticas. Kirchner se enorgullecía de su política pro-industrial con un tipo de cambio alto.

En cambio, Cristina pondera las ventajas de un dólar barato con argumentos que hacen recordar a los tiempos de Carlos Menem.Kirchner, por otra parte, era conocido por su austeridad obsesiva. Sus íntimos cuentan que tenía un cuaderno donde, al mejor estilo del almacenero, anotaba a diario los datos de la recaudación impositiva y las reservas del Banco Central.

El superávit fiscal era su orgullo. Cristina, en cambio, padece su déficit que no logra disimularse siquiera con la saga de estatizaciones y con el aumento inédito de la presión impositiva.Así, en ese juego de iguales y opuestos, se construyó el poder político del kirchnerismo en los dos últimos años.

Mientras alimenta el mito del Kirchner indiferente a las frivolidades, que llevaba desprendido su saco cruzado y calzaba mocasines, Cristina profundiza su estilo glamoroso, sin abandonar los accesorios Louis Vuitton aunque haya que dar discursos sobre la crisis financiera mundial.

Cristina, en el sur y sin mega-acto
El masivo “cacerolazo” opositor de septiembre llevó a los militantes kirchneristas a pensar en la necesidad de dar una respuesta rápida que demostrara el apoyo político del gobierno. Desde la agrupación “La Cámpora” surgió entonces la idea de un mega-acto en la Plaza de Mayo, en coincidencia con el segundo aniversario de la muerte de Néstor Kirchner.

La idea generaba entusiasmo entre la militancia, pero la propia Cristina fue quien desactivó la iniciativa. Preocupada por las dimensiones de la demostración opositora y temerosa de que el clima de división social le pueda jugar en contra para las próximas elecciones legislativas, ordenó suspender el acto por considerar que podía agravar el mal clima imperante.

En cambio, autorizó la realización de una multitud de pequeños actos, de carácter “constructivo”, preferentemente en instituciones barriales, como forma de profundizar el lazo con su base electoral.En tanto, viajó a Santa Cruz, para pasar la fecha con su familia y concurrir al mausoleo construido para el ex mandatario.
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